Yo soy esta mujer que nunca debió tocarte,
pero tú llegaste a mí y fuiste tan ángel
que no pude más que amarte.
Luego vinieron las caricias, los destierros
y no encontramos el modo de acercarnos sin dolernos.
Nuestros brazos se quebraban por llegar a un beso
y comenzamos a mordernos, a sangrarnos,
nuestras palabras se tornaban cada vez más filosas
como navajas en cuerpos tan tiernos.
No supimos odiarnos mucho tiempo,
tampoco olvidarnos y aquí estamos,
no siendo lo que fuimos
pero al fin y al cabo,siendo tan solo,
lo que queda de nosotros mismos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario