El lápiz se volvió su pulmón, lo que la mantenía con vida, el único y casi imperceptible enlace que la unía a ese enloquecido amor que desde lejos la iba haciendo nueva cada día.
Cada vez que moría las blanquecinas hojas se le ennegrecían en el corazón, como pesadas runas de agonía.
Pero cualquier soplo, cualquier aleteo de cualquier ave era suficiente razón para seguir amándolo, para latir vertiginosamente, llenarse y derramarse en cada palabra, en cada herida.
Ya no importaba el tiempo, ni el lugar, ya no importaba más que tomar ese lápiz y escribir tan solo...para no perder la vida.
Daniela Tomé.

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